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domingo, 12 de agosto de 2012

Empowerment & benchmarking


Así, con dos términos anglosajones, vamos a tratar de describir dos características que a nuestro juicio deben albergar los nuevos sistemas sanitarios. Como las realidades que describen cada comunidad lingüística pueden ser muy diferentes, vamos a tratar de precisar a qué nos referimos con estos términos.



Por un lado, el llamado empowerment, que se suele traducir como “empoderamiento”, referido a la salud es un proceso mediante el cual las personas adquieren un mayor control sobre las decisiones y acciones que afectan a su salud. Este contenido viene respaldado por la llamada Ley de Autonomía del Paciente 41/2002 http://www.boe.es/boe/dias/2002/11/15/pdfs/A40126-40132.pdf según la cual el paciente debe ser informado de las decisiones diagnósticas y terapéuticas y debe dar su consentimiento implícito o explícito para proseguir adelante con la relación médico-paciente. Esta relación que antaño se basaba en la confianza (nadie pone su vida en manos de alguien en quien no confía) se podía tonar paternalista o autoritaria, relegando el papel del paciente a mero espectador pasivo. A partir de este momento ya no debe suceder tal cosa porque el paciente debe participar en el acto médico, pero a cambio la relación se vuelve más mercantilista, contractual: el médico ya no impone su criterio al paciente sino que hay que llegar a un consenso con él.



En otra acepción del término anglosajón empowerment y más referido al mundo empresarial, se hace referencia a la cesión de competencias al trabajador para que se implique más en su tarea. Esta es una reivindicación que desde hace años los médicos venimos haciendo a las administraciones que proponían medidas sanitarias sin contar con los médicos, remedando el lema absolutista: todo para el pueblo pero sin el pueblo. Curiosamente los diferentes gestores de la sanidad (en ministerios, consejerías o en hospitales) han coincidido en sus discursos en destacar el importante papel que el médico asistencial tiene en la cadena de la atención sanitaria y en la gestión de los recursos, pero, salvo contadas excepciones, nunca se ha tenido en cuenta su parecer o su opinión antes de diseñar las diferentes estrategias o políticas asistenciales: no eran negociables, venían impuestas. De ese modo, el profesional sanitario se ha ido desmotivando y ha ido a ejercer su tarea sin ilusión, con la sensación (muy real, nada ficticia) de que sus superiores hacen lo que les viene en gana sin contar con la opinión del que día a día atiende a los pacientes.



Pero como si de un castigo celestial se tratase, al fin parece que el anhelado empowerment puede llegar al sistema sanitario emulando a lo que sucede en otras empresas que delegan competencias en sus empleados para conseguir mayores rendimientos. Sin embargo el deseado compromiso puede tornarse ácido. Baste señalar que los más reticentes han traducido el término empowerment de manera nada académica pero muy expresiva como “marroning”, que huelga comentar: si te dan “empoderamiento”… es que te ha caído un marrón.



El otro término de esta entrada de blog, benchmarking, puede definirse como un proceso sistemático y continuo para evaluar comparativamente los productos, servicios y procesos de trabajo en organizaciones. En la misma jerga macarrónica de antes, podríamos traducirlo como “cotilleing”: vamos a ver qué hacen los otros y cómo lo hacen, porque si es mejor habrá que copiarlo. Este término enseguida nos remite a la consideración de la competencia que se da en el libre mercado. No es malo que los diferentes sistemas públicos y los diferentes modelos privados comparen sus resultados para intercambiar experiencias; seguro que el resultado de la comparación es provechoso. Lo que a nuestro juicio debe ser objeto de un especial debate es sobre qué se entiende por “es mejor” que poníamos en cursiva, sin darlo por supuesto. Porque hay que aclarar para quién es mejor: para la sociedad, para la industria farmacéutica, para el médico, para la institución sanitaria, para la compañía de seguros, para el bolsillo del contribuyente, para el político… o para el paciente. Pero eso, como decía Michael Ende, es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.




7 comentarios:

  1. Rebenitos, vuelve a Menorca y que te hagan un empowerment como gerente y echamos al marrón con patas que tenemos aquí !!

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  2. Los objetivos de la gestión de un sistema sanitario y los objetivos reales del ejercicio de la profesión de médico no son los mismos. La gestión busca un rendimiento económico, que haya beneficios o no haya pérdidas, mientras que el ejercicio de la medicina busca un rendimiento sanitario, el bienestar de los pacientes. Resulta muy complicado conciliar estos dos objetivos, aunque la cuestión tendría que estar clara, sería mejor un sistema en el que se beneficiara a los pacientes, todos somos potenciales pacientes. A veces, parece, que la propia gestión, el rendimiento económico, cobra más importancia que el puramente sanitario. Podría ser que el sistema de gestión no sea el adecuado para las necesidades a satisfacer. Si el sistema está mal gestionado, siempre se puede cambiar y mejorarlo.

    En todos los sectores, en los órganos de gestión siempre hay representantes de los profesionales del sector. No sé, realmente, si el problema está en que, en ciertas esferas o en ciertos momentos, a la hora de tomar decisiones, se “confunden” las funciones, bien por algo impuesto o por propia iniciativa, o es que se entra en un campo muy resbaladizo donde es muy difícil hacer valer una posición determinada, o si el problema es la insuficiencia de medios, o el desvío de los medios. Lo que si sería importante es que el sistema sanitario diera primacía a su finalidad esencial de curar mejor y a más pacientes.

    Por otro lado, partiendo siempre de que el paciente, en general, cuando acude al médico, es por algo, tendría que ser el propio médico el que gestione como enfocar el tratamiento de la enfermedad, con las pruebas y medicación que estime oportunas, sin presiones otro tipo, pero siempre respetando la libertad del paciente en cuanto a seguir ciertas pautas que le diga el médico. El paciente tiene, no ya el derecho, si no la necesidad de estar informado de las posibilidades y poder optar, teniendo en cuenta las valoraciones de los médicos.

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  3. No suelen estar los médicos asistenciales integrados en los equipos de dirección de políticas sanitarias. Por eso los intereses no convergen: son muy diferentes.

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    1. Entiendo, aunque no comparto, que los que dirigen las políticas de los diferentes sectores puedan ser personas incluso ajenas al sector, ejemplos ha habido, de sobra, en los dirigentes políticos en España, porque las listas para elegirlos son cerradas, y cuando no toca elegir, son nombrados a dedo. Pero en el proceso para confeccionar unas políticas hay unos pasos previos de información y negociación con los representantes o sindicatos de la profesión. A este momento es al que me refiero en el segundo párrafo de mi comentario. Me imagino que en estos momentos habrá muchas manos atadas y su actuación se parece a la nuestros representantes parlamentarios, entonces, poco se puede hacer.

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  4. Así es, poco se puede hacer con listas cerradas. La política sólo busca apariencia de eficacia, no eficacia. No hay verdadera preocupación por los pacientes, sólo apariencia de preocupación.

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