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domingo, 23 de septiembre de 2012

La sanidad pública: un derecho venido a menos para el paciente

Nos habíamos malacostumbrado. Esta generación (podemos estimar "generación" como lo que dista de los padres a los hijos, unos treinta años) ha vivido al amparo de un Estado que ha facilitado la atención sanitaria universal y gratuita. La Ley General de Sanidad (LGS) de 1986 fue acaso su vértice, el momento en el que se explicita ese derecho que ya se venía percibiendo desde los últimos años del anterior régimen. Pero también la LGS abría la puerta a lo que ha sido el declive de este derecho: la descentración de la sanidad y el reparto de competencias a las diferentes comunidades autónomas. Completadas estas transferencias en 2000 se abrió la puerta a una gestión regional que ha disparado las tasas de ineficiencia y de desigualdad de trato.

Cuando uno vive inmerso en una manera de hacer las cosas que es relativamente cómoda, le resulta difícil plantearse que puedan ser de otra manera. Por eso tendemos a escandalizarnos cuando comparamos nuestro modelo sanitario con otras formas de organizar la sanidad por otros países o en otros tiempos. Mismamente en España hace un siglo el que enfermaba tenía que pagar su médico y su tratamiento, si tenía para ello. La beneficiencia estaba inventada (casa de socorro, de maternidad, de misericordia o centros nosocomiales de convalecientes) pero su actividad era escasa en el conjunto social. Durante los últimos decenios en este país la atención sanitaria pública ha sido universal y gratuita, con una elevada cualificación profesional y unos recursos materiales que suponía que el 20-25% del producto interior bruto (PIB) se destinaba a gasto social. En los países de nuestro entorno este porcentaje ha sido incluso mayor, dando fe de la importancia que tiene para los estados modernos velar por los bienes sociales, y la salud es uno de ellos.

Ignorantes de cómo funciona la sanidad en otros países, hemos acudido a urgencias cuantas veces lo hemos considerado oportuno, para la mayor parte de las veces salir despotricando por la espera sufrida o el trato recibido. Pero hasta la crítica era gratis.

Cuando las comunidades comienzan a notar que no tienen dinero para hacer frente a sus malas gestiones, empiezan a sisar servicios o prestaciones. Primero a los forasteros, siendo tales los ciudadanos españoles no empadronados en la ciudad que cae en el área sanitaria: que le traten a usted en su provincia. Y para soslayar esta traba, la picaresca de empadronarse donde haga falta por lo sencillo que resulta el trámite. Cuántos se han empadronado en el área de influencia de un hospital a la espera de un trasplante.

Pero como los recortes arrecian, ya se excluye a los irregulares (sin papeles) o se eliminan prestaciones que se consideran superfluas; y acaso muchas lo sean y llevan años siéndolo y nos hemos dado cuenta ahora de que estaban de más. Lo que pasa es que en general todos tendemos a refunfuñar cuando no nos dan gratis algo que antes lo era. Y esto tiene que ver con lo de malacostumbrarse que decíamos al principio, si bien existe una justa indignación cuando esos recortes afectan a cuestiones básicas.

Para la gran mayoría de los españoles, la sanidad a la que acceden o pueden acceder es la que se dispensa en los centros de salud y en los hospitales públicos. Aunque se cargase de pesimismo las perspectivas sobre el futuro de este modelo sanitario, la gran mayoría de los ciudadanos no está dispuesto a (y muchos no podrían) suscribirse una póliza de seguro médico privado. Si el Estado se comprometió a dar cobertura sanitaria al ciudadano, éste se siente defraudado si no percibe que hay eficacia en el sistema. Siempre, pero ahora más que nunca hay que buscar que la eficacia esté lo más próximo posible a la eficiencia (ajuste entre lo que se consigue y lo que se gasta para conseguirlo).

El ciudadano bien poco puede hacer por modificar las políticas sanitarias. Ni tan siquiera el médico como agente dispensador de servicios. La voluntad política es la que ordenará según su criterio (acertado o desacertado) los recursos disponibles. Lo que resulte de esto es lo que los demás -médicos y pacientes- evaluaremos, siendo nuestra miserable nota una papeleta en una urna cuando toque.

Acabar así la tetralogía prometida parece que es no haber dicho mucho. La situación es compleja y no pretendo desmenuzarla porque sería muy aburrido y caería fuera de los propósitos de este blog. Si se ha logrado dar unas pinceladas sobre lo que la sanidad pública y privada suponen para médico y paciente, será suficiente como caldo de cultivo para posteriores debates. Mientras eso llega, me dedicaré a cuestiones más médicas y de eso versarán mis próximas entradas. Me agrada más hablar de las dolencias de los pacientes (hablar de ellas, no es que me agraden sus dolencias), porque a diario aprendo mucho de las anécdotas que me cuentan mis pacientes sobre cómo sienten su enfermedad. Y espero lograr que mis lectores también disfruten con ellas.

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