sábado, 2 de junio de 2018

Microbiota, un poderoso aliado

Hasta ahora ha sido una parte innoble de nuestro organismo, un innombrable repudiado. Convive con el ser humano -e incluso antes de ser humano- y le hemos tratado con desprecio, como un deshecho. Y así lo llamábamos: deshecho, excremento, mierda. Bueno, lo llamábamos y lo llamamos porque es el nombre más adecuado. Nos referimos a lo que transita por el interior del aparato digestivo que, por si no lo sabe, es el exterior. A los seres humanos (a todos los mamíferos) nos atraviesa un tubo desde la boca hasta el ano que sirve para el procesamiento de las sustancias que han de servirnos para mantenernos con vida.

Clásicamente en el proceso de la digestión nos fijábamos en las transformaciones químicas que se iban produciendo en el alimento desde la boca hasta que salía en forma de excrementos. Nos hemos referido a los pasos de disgregación física y química, a la acción de los jugos intestinales y de las secreciones de las glándulas anejas (hígado y páncreas principalmente) para llegar a poder absorber esos nutrientes que nos mantienen en vida. Pero desde hace relativamente poco sabemos que en nuestro intestino albergamos alrededor de 100 billones de bacterias que constituyen un peso de entre 1 y 2 kilos, cifras no aptas para hipocondríacos y maniáticos de la higiene. Esta legión es la que llamábamos flora intestinal y ahora hemos dado el nombre de microbiota.

¿Quién se enfrenta a 100 billones de bacterias? Teniendo en cuenta que un individuo se compone de alrededor de solo 10 billones de células, las bacterias son más numerosas. Otro dato, el 30% del peso seco de nuestras heces son bacterias. Cagamos muchas pero es que se reproducen otras tantas en un recambio (turn-over es la palabra que emplean en la literatura inglesa) frenético. El intestino del feto está sin bacterias (o acaso sí, como se ha apuntado recientemente y está en estudio, pero muy pocas) pero tan pronto como nace se coloniza de gérmenes que proliferan a un ritmo mayor que el de las células que le hacen crecer y desarrollarse. Y, siendo tan numerosas y prolíficas, ¿por qué no se cargan al individuo? ¿Cómo es posible que no nos desintegremos comidos por las bacterias? Pues precisamente, porque vivimos en simbiosis con ellas, nos ayudamos mutuamente a sobrevivir. Nuestras bacterias necesitan nuestro intestino y lo cuidan, convivimos con ellas de manera pacífica y estable. Incluso son ellas las que generalmente mantienen a raya y rechazan, cuando les es posible, a las bacterias y gérmenes que pueden perjudicarnos. Vamos que nos protegen frente a invasores peligrosos. En ocasiones la virulencia de los gérmenes que llegan es tal que ni la microbiota puede hacerles frente.

Tras el descubrimiento de este nuevo "órgano" oculto dentro de nosotros y despreciado, han venido muchas informaciones de la mano del "si está ahí será para algo". Lo primero fue atribuirle funciones en el proceso de la digestión de los alimentos, claro, porque estaba ahí donde se lleva a cabo. Pero enseguida hemos visto que las funciones de la microbiota son mucho más extensas. En su reciente libro sobre la microbiota el profesor López-Goñi, su autor, expone docenas de situaciones en las que el intercambio de gérmenes entre individuos resulta crucial. Apunta a las numerosas funciones que la microbiota tiene en nuestro organismo, tanto en la modulación inmunológica, como en la respuesta inflamatoria, como el desarrollo y proliferación de tumores o su involución por la acción bacteriana. A medida que estudiamos su papel, estamos descubriendo que la mierda, acaso no sea tan "mierda". Y que el análisis de los excrementos dicen mucho, mucho acerca de la salud del individuo. No solo de su estado de salud sino de su posibilidad de enfermar y hasta de curar. Los cambios de la flora intestinal traducen o anticipan cambios en el estado de salud (para bien o para mal) del individuo en el que se alojan.

Numerosas enfermedades de base autoinmune empiezan ahora a analizarse desde el prisma de un desequilibrio intestinal. Todavía resulta complicado decir qué es eso del equilibrio (y, por tanto, desequilibrio) de la flora intestinal. Siempre que hablamos de tomar antibióticos de amplio espectro decimos que "eso es una bomba" para el intestino. Y con ello queremos decir que a las bacterias que ahí viven no les cae demasiado bien esos antibióticos. Incluso hay pacientes que reconocen que a raíz de tomar tal tratamiento antibiótico o padecer aquella gastroenteritis... su intestino ya no volvió a ser el mismo: algo cambió para siempre en sus tripas, en su manera de hacer la digestión. Algunos saben de hecho cifrar el momento exacto en que eso tuvo lugar. O simplemente dirán que desde entonces la leche (o cualquier otro producto) ya no les cae bien.

Sin saber muy bien cuál debe ser la microbiota normal, hemos de asumir que muchas son normales y que son todas normales... si no le dan guerra al individuo. Por tanto habremos de suponer que la microbiota está tocada o rebelde si le causa problemas al que la porta. Sobre este fundamento, hemos aplicado de manera empírica heces de individuos sanos en el colon de pacientes con diversas enfermedades... y los resultados están siendo muy prometedores. Son los llamados trasplantes de microbiota fecal (TMF). Ya se han hecho ensayos de TMF con muy buenos resultados en pacientes con infecciones de repetición por Clostridium difficile, una bacteria que produce una toxina que genera colitis pseudomembranosa. Y en colitis ulcerosa, una inflamación crónica de causa desconocida, también hay resultados espectaculares. Se están desarrollando estudios en esclerosis múltiple, en intestino irritable, en diarrea y estreñimiento crónico,... pero también incluso en la prevención de tumores. Porque el TMF no sólo aporta bacterias sino su genoma con ella. El término microbioma hace referencia al conjunto del genoma de la microbiota. Las dos palabras, microbioma y microbiota, difieren en una letra: la diferencia semántica es sustancial y en ocasiones se intercambian, pero no es correcto hacerlo porque designan cosas diferentes aunque relacionadas.

No resulta sencillo abrirse paso en el terreno clínico con el uso terapéutico de este gran aliado intestinal que serían los TMF. Porque aunque su potencial en el campo de la medicina seguramente va a ser enorme, el modo de avanzar rompe un poco con la forma tradicional de incorporar nuevos medicamentos al arsenal terapéutico. Lo primero de todo, porque no hay manera de asegurar la misma dosis para distintos pacientes, ni en cantidad ni en calidad. Por tanto no existe posibilidad de hacer ensayos clínicos al modo tradicional. Pero también porque el producto no puede ser patentado ya que se trata de heces de individuos sanos. Sería como patentar la sangre. También se transfunde sangre, que no deja de ser otro producto biológico... y tampoco se sabe a ciencia cierta cuánta sangre se transfunde o si va en ella algún germen que no tenemos tipificado de malo. Por tanto, y este es otro escollo, la legislación al respecto no dice nada, ni para la creación de bancos de heces ni para la aplicación clínica del producto. Muy pocos centros en el mundo lo llevan a cabo y quizás en España empecemos muy pronto. Hay muchos pacientes que podrían beneficiarse de este sencillo tratamiento que, en lo que se lleva aplicando, ha mostrado un gran perfil de seguridad, lo cual también es un dato a favor de su pronta implantación.

No sólo para la regulación intestinal y eso de los gases tan molestos: es posible que en los años venideros podamos incluso tratar y prevenir los tumores intestinales con este poderoso aliado.

Secuelas del confinamiento en la salud

Empezamos a salir de las casas después de estar confinados, recluidos. Estamos anquilosados, entumecidos, como los osos tras la hibernación...