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miércoles, 8 de mayo de 2013

Reflexiones sobre un comentario: futuro de la sanidad

El pasado día 8 de mayo acudí al Hospital Virgen de La Luz de Cuenca. Me habían invitado a dar una conferencia sobre “El futuro laboral de los profesionales sanitarios”, una cuestión que evidentemente preocupa en todos los ámbitos laborales y por supuesto en los que trabajamos en la sanidad. De esta preocupación daba cuenta la concurrencia que casi llenaba el Salón de Actos. Comencé la presentación mostrando unos datos que efectivamente dibujaban un horizonte oscuro y sobre todo incierto. Hablé del origen de la manida crisis, y pasé muy deprisa sobre la evolución del sistema sanitario. Haciendo hincapié en lo que considero el núcleo de la verdadera crisis que no es otra cosa que la falta de ética en las diferentes esferas de la vida social (no sólo la banca o la política sino también en instituciones, en el mundo laboral, en las relaciones humanas, el mundo académico, etc.), me aventuré a lo que considero que debe ser el centro del nuevo modelo sanitario: el protagonismo del facultativo en la administración de los recursos sanitarios, su implicación en el gasto lo cual lleva implícito el conocimiento de los costes. El personal sanitario en España de ordinario está muy bien formado en el plano asistencial pero tiene una gran laguna en el conocimiento de los costes. Si se apela a la necesidad de rellenar esta laguna, algunos recelan, no vaya a ser que “eso le haga más cicatero a la hora de aplicar los medios necesarios”. Pero si el conocimiento de la ciencia médica es tan adecuado como el conocimiento económico de los procesos, el hecho no será que no emplee los medios necesarios sino que dejará de emplear los innecesarios, lo cual ya generará un ahorro considerable. Integrar los conocimientos económicos con los médicos le hará tener más datos para acertar con las decisiones más coste-efectivas. Acabé la presentación mostrando sutilmente por dónde creo que se pueden abrir puertas a esta aporía en que se encuentra la situación sanitaria en nuestro país, un reguero de esperanza en medio de la penumbra.

Cuando das una ponencia tiendes a creer que eres más breve de lo que juzga el auditorio, pero en esta ocasión me parece que no me excedí del tiempo asignado. Me gusta dejar siempre tiempo para que haya lugar a preguntas. Y sólo hubo una, en realidad más que una pregunta un comentario. Desde el auditorio un asistente tomó la palabra y dijo que mi ponencia le había defraudado, que se esperaba otra cosa, que le había dado un enfoque demasiado comercial o mercantilista, que había olvidado hablar de los logros de la medicina pública española, del incremento de índices sanitarios como la esperanza de vida, los planes de prevención, los trasplantes de órganos, etc. Incluso parecía sentirse molesto por haber aludido a la de veces que están en la cafetería el personal sanitario en los hospitales públicos.

Es verdad que la vanidad humana hace que a todos nos guste que nos aplaudan en nuestras actuaciones y las críticas nos arrugan. Pero el compromiso de mi charla no era para hablar del pasado, sino del futuro. No era para hablar de los logros y regalar los oídos de los asistentes con “¡qué buenos somos!” o “¡qué buen equipo formamos!”. No era para decir que en 1582 el sol no se ponía en nuestro Imperio ni tampoco para gritar con La Roja “¡Campeones, campeones, oé, oé, oé!”, pues ambas cosas son pasado, más o menos remoto, anestésicos o vendas para los tiempos presentes. El motivo de la charla era buscar resquicios para el optimismo frente a un 27% de paro, para ofrecer alternativas laborales ante el panorama yermo del modelo sanitario, tan celebrado desde la ley General de Sanidad de 1986, que lleva muerto varios años. Y alguno, más de uno, todavía no se ha enterado. Pero quise, junto al jarro de agua fría, señalar los derroteros por donde los profesionales sanitarios pueden dar salida a su anhelo y necesidad laboral.

No se trataba, pues de hacer fiesta sino memoria, reflexión de dónde nos hemos equivocado, qué hemos hecho mal para perder un bien social del que nos sentíamos tan orgullosos. La voluntad política, que según dice emana del pueblo, dilapidó la renta durante años y finalmente ahora entrega los despojos a los buitres, una metáfora que sin pretender ofender a nadie sitúa a cada protagonista en su papel: al político de turno que desmembró la sanidad, a quienes, fragmentada, la administraron de manera inconsciente e irresponsable (eso sí con el aplauso de los votantes), a quienes pusieron palos en las ruedas para que el sistema no fuese eficiente, a quienes fraudulentamente sisaron en su actividad laboral con anuencia de sus jefes. La crisis financiera lo único que ha puesto de relieve es que así no se podía seguir. La malversación puede quedar encubierta en tiempos de bonanza pero cuando faltan los cuartos hasta empieza a estar mal vista (entiéndase la ironía).

Los sistemas ineficientes en ocasiones albergan un porcentaje elevado de personas incompetentes o con bajo rendimiento. Si la competencia alrededor es más eficiente, el modelo en desventaja sucumbe. Y es esperable que los incompetentes protesten porque se quedan a la intemperie en un mercado que se ha vuelto más exigente. Por ejemplo, para que la dirección política fuese más eficiente, bastaría un 10% de la plantilla actual. El otro 90% que sobra, ¿cuántos puntos elevarían la tasa de paro? La clase política busca matar dos pájaros de un tiro: pulimos un poco el excedente de personal poniéndolo al frente de empresas, tal que “especializadas en la gestión de hospitales” y así nos desentendemos de ese cometido tan oneroso. De este modo, se entrega el cadáver de la sanidad a quienes se supone que la harán resurgir de sus cenizas como el Ave Fénix.

Pues no. Mal se edifica sobre las ruinas de lo que se vino abajo. El ciclo de la sanidad tal y como la conocíamos en nuestro país ha tocado a su fin. No es que se vaya a acabar: está acabado hace años porque no se puede reflotar. La mala gestión política y su ineptitud culmina con un lavado de manos a lo Poncio Pilato, desentendiéndose de la gestión sanitaria que no han sabido hacer, y entregando el cometido a empresas expertas, amigas, que, efectivamente harán los hospitales rentables (ya lo creo que lo harán) porque de eso dependerá el lucro que esperan obtener.

Si algo nos ha enseñado esta crisis es que las empresas, cualquier empresa, debe ser cuando menos no deficitaria. El soporte estatal a la sanidad como bien social ha sido vergonzosamente excesivo por cuanto no se ha llevado control del mismo al amparo de que “la salud es un bien social con el que no se escatima”. El no escatimar no lleva implícito que no se pida cuentas de lo que se gasta, que procede de los impuestos que todos pagamos. Y otra cosa que nos ha enseñado la crisis es que en todos los ámbitos profesionales sobran parásitos que no se merecen lo que cobran por el trabajo que realizan. También en el ámbito sanitario, por supuesto. A veces, quienes más se revuelven contra el cambio -inevitable cambio- son los que añorarán sus ratos en la cafetería, su bien social más preciado.

1 comentario:

  1. Estoy totalmente de acuerdo en que hasta que uno no sabe el precio real de las cosas, no es capaz de valorarlo; esto debería ponerse en conocimiento de todos, para intentar cambiar la mentalidad y el derroche tan exagerado que existe. Para nada implica un cambio en la atención al paciente, creo que la actitud frente al paciente va más con el tipo de profesional que sea uno.
    Y respecto a si alguien se siente ofendido por el comentario sobre las horas que se pasan en la cafetería, yo añado las horas de trabajo perdidas con el tabaco, que la ley contra el tabaco lejos de ayudar a crear un entorno saludable, ha conseguido que los compañeros que no fuman, carguen "por el mismo precio" con más trabajo (el de los otros).

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