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sábado, 20 de julio de 2013

Las viejas amistades

Las vidas transcurren paralelas, en escenarios diferentes, con preocupaciones cotidianas distintas. Pero ocasionalmente surgen nexos de comunicación entre amigos que acaso lo fueron años atrás y con los que actualmente mantenemos contactos episódicos, fugaces. Puede ser con ocasión, por supuesto, de felicitarles su cumpleaños. O porque te dice que ha publicado un libro o un disco, o por un éxito profesional o un ascenso. O eres tú el que le dice que has tenido un hijo y, con el correr de los años, un nieto. Antaño y por mantener las costumbres, por Navidad. En definitiva, había que buscar razones, que no excusas, para mantener vivo el contacto con personas con las que otrora tratabas con más frecuencia, y con las que no deseas perder contacto.

Parece que el poder decir que se conservan amistades de hace treinta años otorga una plusvalía a la vida. En medio de una sociedad que promueve el usar y tirar, ser capaz de reanudar una conversación después de varios años, allí en el mismo punto donde se dejaron las cosas trabadas, parece contrario al devenir, como si en lugar de haber pasado lustros los relojes se hubiesen detenido apenas unos segundos.

En nuestra vida, vamos encontrando a derecha e izquierda personas con las que nos aliamos para diferentes fines más o menos importantes. Algunos los conocimos con ocasión de un viaje o una excursión. Durante los estudios tuvimos compañeros que lo fueron de tales durante años y mantenemos o recuperamos después el trato y la amistad. Otros se hicieron aliados para unos negocios que tuvimos en común. Durante las vacaciones conocimos a muchos amigos, y de la mayoría de ellos no hemos vuelto a saber. Con otros tuvimos interacción intensa aunque breve, como en las aventuras que propiciaba la mili. Incluso con alguna persona nos vinculamos emocionalmente manteniendo ese lazo real o virtualmente.

Pero la vida discurre. Tenemos sobresaltos continuamente con tías o tíos peligrosos o con primas de riesgo, que igual da el parentesco. Los titulares de los noticieros focalizan nuestra atención hacia lo que son portadas: un incendio, unos mundiales, un atentado, una final de fútbol, otro caso de corrupción en la política, alerta nuclear, etc. Un buen día caemos en la cuenta de que ya tenemos más vivido que por vivir si atendemos a que hemos pasado el ecuador de lo que se estima como esperanza media de vida en nuestro país. Y entonces sí que se empieza a acelerar el tiempo. Parece que todo transcurre más deprisa y notas que ya no te llaman para cumpleaños, eventos que los de tu quinta esconden con vergüenza. Has pasado incluso la fase de invitaciones a bodas, que acabó con las de tus sobrinos y de manera preocupante recibes más avisos de funerales. Vivir se convierte en un seguir viviendo por inercia, como arrastrado por una corriente en la que ya no nadas sino que te dejas llevar. Y temes que lo acelerado de la corriente acabe en una catarata.

En medio de esta prisa por no ir a ningún sitio, todavía recibes alguna llamada de amigos de antaño que te remontan a una época en la que libre de ataduras y compromisos ibas y venías donde te daba la gana, sin dar cuentas, sin perezas. Cogías el coche, el autobús o el avión y con un equipaje que no tardabas ni diez minutos en pergeñar, te ponías en ruta a horas intempestivas. Aquello pertenece al pasado y se hace presente en cada llamada.

Un buen día recibes una de esas llamadas de alguien que apenas contacta contigo un par de veces al año desde hace muchos, muchos años. La anterior fue para decirme que acababa de ser abuela. Ser abuela sin haber llegado a la edad de jubilación, lo comentaba con ella, es un plus de pluriempleo, porque sin dejar su trabajo se le añadía otro. En esta ocasión me contó las lindezas y monerías de su nieto con un entusiasmo y viveza que rebosaba la baba por el auricular del teléfono. “Sí, me dijo, es importante tener cerca a los que queremos, sentir al lado a los que nos aprecian”. Y es que el final de la conversación fue para despedirse de mí. Ya no me llamaría más porque le habían diagnosticado un cáncer de páncreas y los dos meses que le habían dado de vida los médicos quería pasarlos muy cerca de los suyos.

No fui capaz de decir nada coherente. Fue ella quien salió al paso de mi estupor y me dijo: “Tranquilo, cuando me vaya ya sé que estarás a mi lado, como lo has estado siempre en la distancia”. Soy incapaz de recordar lo último que pude decirle antes de colgar, acaso fue un lacónico "adiós" o un deseado "hasta luego". Hace unos días al atardecer entre el bochorno de una tormenta mal llovida, se levantó un pequeño vendaval que me empujó por detrás como dándome una patada en el trasero, pero no había nadie detrás. Esa noche una llamada me dijo que Paquita había muerto por la tarde.

El valor de esta anécdota está en la moraleja de que las buenas amistades son como las plantas poco exigentes: están ahí y basta con regarlas un poco para que recobren su lozanía. Lo importante es tener cerca a los que queremos.

4 comentarios:

  1. Dices que temes que "lo acelerado de la corriente acabe en una catarata." Yo creo que hagas lo que hagas la vida SIEMPRE acaba en una catarata. Todos vamos en el mismo río. Que Paquita descanse en Paz y que nos encontremos con ella algún día.

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  2. Hombre, se puede amerizar suavemente en el estuario del río sin grandes sobresaltos...

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  3. Al leer esta entrada supongo que mucha gente se habrá sentido identificada en mayor o menor medida y que hace recapacitar y olvidar por unos momentos el estresante materialismo cotidiano. El efecto que causa es echar la mirada hacia atrás y abrir el “baúl de los recuerdos”, y casi sin quererlo, te viene a la cabeza todo lo que ha quedado por el camino y lo que permanece todavía. Los amigos que se han hecho a lo largo de los años con lazos de unión fuertes y que ahora ya no es posible, produce un sentimiento encontrado de tristeza y de alegría. De tristeza porque en muchos casos esos amigos fallecieron en un accidente o por enfermedad, aun siendo muy jóvenes, y te planteas la pregunta de cómo hubiera sido la vida si estuvieran presentes todavía. En cuanto a la alegría, pues porque te vienen recuerdos de los buenos momentos vividos. En ocasiones la amistad ha ido adquiriendo otro matiz por circunstancias de la vida, por la lejanía, obligaciones, por el ritmo de vida que se vive hoy día que te engulle en una dinámica y una rutina que va desviando la atención hacia las viejas amistades. Es cierto que ciertas amistades, para mantenerlas, es necesario tener un cierto contacto, otras, en cambio, ya se sabe de antemano que siempre estarán con uno, pase lo que pase, para lo bueno y para lo malo. Es verdad que una de las cosas más reconfortantes en esta vida en la que muchos valores están en declive es, después de la familia, tener buenas amistades. En realidad, son muchas las ocasiones y los medios que a lo largo la vida se presentan para volver a recordar a amigos con los que se ha perdido el contacto y muchas veces no se da el paso del contacto, ya sea por la propia inercia de la falta de contacto, por pasividad, incluso un poco por miedo a la incertidumbre de como resultar ese nuevo contacto después de muchos años, pensando que la propia evolución de las personas a lo largo de los años puede hacernos cambiar la forma de pensar.

    Muchas gracias por esta entrada, por tratar un tema del que se habla poco, la amistad como un valor, como el nexo de unión más fuerte entre personas sin vínculo de sangre, porque hoy día parece que la amistad se reduce a darle a una tecla de ordenador y señalar sobre una pestaña donde pone “añadir amigo” dentro de una red social, respondiendo así a una solicitud de amistad de alguien que no lo siente como tal y lo único que busca es un ranking decorativo. No me cabe duda de que por internet se pueden iniciar muchas amistades, pero creo que para que exista una verdadera amistad es necesario compartir algo más que unos mensajes escritos o vídeo llamadas, es necesario una convivencia, estar al lado de la otra persona. Una buena amistad es para siempre, es algo que aunque haya habido malos momentos siempre existirá, es fidelidad, incluso cuando se pierde, por las causa que sea, siempre se recordará. Es un sentimiento mutuo, no se puede imponer y no se puede confundir con otras cosas. En muchas ocasiones se usa la palabra amistad de una manera muy frívola, con unos fines que no atienden al valor que conlleva.

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    1. Quizás la reflexión más profunda de esto sería que debemos aprovechar para querer mucho a las personas que tenemos alrededor, porque no sabemos si volveremos a verlas.

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