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martes, 13 de mayo de 2014

Más sobre anorexia nerviosa

La obesidad no es ninguna enfermedad pero las complica todas. Por eso hemos de buscar tener un peso ideal. El rango de la normalidad oscila entre máximos y mínimos que pueden admitir pequeñas variaciones. Pero igual que podemos con arreglo a esas tablas que calculan el índice de masa corporal quién está algo gordo y quién tiene sobrepeso severo, también podemos decir quién está delgado o extremadamente delgado. Por tanto en esta cuestión no tenemos problema para objetivar el caso de un paciente con falta de peso. Más problemas tendremos para averiguar la causa, que de ordinario distinguiremos entre orgánica o psicógena. Si encontramos una causa médica, aplicando el remedio oportuno podremos mejorar la situación o curarla. Pero si no hallamos esa causa orgánica, el médico se encoge de hombros y dice "esto no es mío" y mira alrededor en busca de alguien que se quiera hacer cargo de ese paciente que, con un buen sistema digestivo y pudiendo hacerlo, no quiere comer.

Concluíamos la entrada anterior apuntando al hecho de que la anorexia nerviosa no es de ahora pero lo que ahora vemos es una epidemia. Una de las funciones de la medicina es abordar las cuestiones epidemiológicas para tratar de yugular el problema: no sólo hay que tratar los casos existentes sino que hay que luchar para impedir el contagio de nuevos casos. Y en esta cuestión, lamento tener que advertirlo, es inevitable que aluda a cuestiones sociales y hasta políticas.

Haré una pequeña digresión. Hace años me dijeron si el médico debería ser políticamente activo o debería ser neutro. No me refiero en el plano personal en el que uno entiende que, como médico, podrá tener su opinión en un sentido o en otro, sino en cuanto médico, en su quehacer profesional. En lo personal no me causa empacho reconocer que los últimos veinte años que he acudido a votar lo he hecho en blanco, porque no me veo representado por ninguna formación política (así que recibo la indiferencia de todos). Pero en lo médico siento la obligación de salir al paso de conductas que considero nocivas para la sociedad, bien porque veo sus consecuencias o bien porque atiendo a los pacientes que, fruto de esas costumbres sociales, acuden a la consulta. Por ejemplo, no puedo estar a favor de medidas que fomentan el consumo de alcohol (el botellón) entre los jóvenes o incentivan la promiscuidad sexual aunque sea con medidas de protección, o el consumo de tabaco o estupefaciente. Como tampoco me puedo mostrar favorable a las medidas laborales que restringen el tiempo de comida a 20 minutos o que limitan el tiempo para el ocio o la familia. Son nocivas y a lo largo generan mucha patología que vemos en consulta. Fin de la digresión.

¿Por qué ahora tenemos más casos, muchos más casos, de anorexia que antes? Vale, nos ha cambiado el cliché social sobre los cánones de belleza. Pero también nos han cambiado las gafas para contemplar la belleza. No somos capaces de ver las cosas que tenemos delante aunque sean palmarias: "mira, las tablas y tu peso ¿qué ves". "Pues me veo gordo".

La sociedad ha cambiado los ideales: ha mitificado los altos, delgados, los ejecutivos solventes y ricos, la elegancia transformada en moda, la apariencia. Es incapaz de ver que un calvo pueda ser presidente del Gobierno, que un gordo sea un genio de la informática o que un tipo con rastas pueda estar con justicia y méritos propios en la junta directiva de un banco.

El reto no es conseguir que un paciente con anorexia nerviosa coma y engorde. Esa puede ser la medida urgente, el flotador, cuando se está en una fase crítica. El abordaje terapéutico y verdaderamente preventivo es cambiar el cliché, el paradigma de belleza, de atractivo. Esto no se hace de la noche a la mañana. Podríamos comparar esta empresa con la guerra contra el tabaquismo. Hace treinta años era un atractivo importante para los jóvenes adolescentes empezar a fumar cigarrillos, emulando a los mayores. En el círculo en que se movían, fumar era signo de emancipación, de ser mayor, de distinción. Incluso servía de reclamo para atraer la atención de las conquistas. Poco a poco esa costumbre, aunque pervive, se ha ido mudando y comenzó siendo atractivo el individuo del grupo juvenil que no fumaba: lo "progre" comenzaba a ser no fumar. "¡Qué guay, qué auténtico, qué sano!". Ahora en España el que fuma casi debe hacerlo a escondidas y avergonzado del vicio que en mala hora adquirió.

No es tan sencillo deslizar las modas del peso corporal por un camino saludable al modo como se ha ido haciendo con el tabaco. Pues el consumo de tabaco es patente que deteriora la salud del que lo consume pero en el caso de la anorexia, claro que deteriora la salud del anoréxico pero en ese deterioro va implícito algo más grave: que no le importa. O por lo menos, no parece importarle, pues en su delgadez está el premio de su empeño. El deterioro, como decíamos, no sólo es físico sino perceptivo: ya no es capaz de darse cuenta de su lamentable estado. Es un suicidio lento. El paciente camina lentamente hacia su propia aniquilación y los esfuerzos médicos que haces por ponerte delante para impedir su progresión parece que le transmite mayor fuerza a sus escuálidas piernas para seguir su obstinada marcha.

Los casos de pacientes con anorexia son muy dolorosos en muchos frentes. Sin duda, en el ámbito familiar la conmoción es máxima porque precisamente donde más te quieren es donde menos pueden hacer por ti, porque a los de casa les tienes cogida la medida y clásicamente es a los de casa a quienes menos caso hacemos. El verdadero revulsivo puede venir de encontrar una autoridad, alguien a quien el paciente haga caso, lo que se llama la persona referencial básica, que generalmente está fuera del entorno familiar, un extraño, vamos. A veces se piensa en el terapeuta, en el médico. Pero es mal modelo porque está "pagado" por la familia, es del enemigo. Lo más idóneo es un amigo o amiga por la que el paciente puede llegar a sentir admiración y sea un referente. A veces es una amiguete (o amigueta) con criterio que sabe ganarse la confianza del paciente y poco a poco le hace caer en la cuenta de lo absurdo y desenfocado de su percepción hasta que la abandona, pero no por imposición sino porque ha llegado a darse cuenta de que... es ridícula.

Son sólo unas pinceladas para ilustrar por dónde puede ir la difícil terapia de un problema individual con base social. Como decía C.S. Lewis, ninguna ayuda, ninguna labor social puede tener otro sentido que ayudar a los hombres a descubrir que vale la pena vivir porque se dan condiciones de vida en las que ese descubrimiento es casi imposible.

Porque si tuviésemos que abordar el desajuste social para prevenir estos dislates, empezaríamos con las modas, con lo absurdo de llenar los estadios para ver ídolos, o con lo ridículo de ir a menear banderitas en los mítines a políticos descerebrados,... y nos daríamos cuenta de que la anorexia nerviosa y sus gafas de madera es lo menos malo que nos puede pasar.

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