jueves, 20 de noviembre de 2014

Una vida saludable

En una ocasión una persona me dijo que era feliz. Yo debo reconocer que ese comentario me confirmaba el prejuicio con el que había empezado a conversar con ella y que tenía ante mí una persona simple, por no decir simplona. Y soltó una frase que, por lo ingeniosa, interpreté que era copiada de alguna otra persona más sesuda: es que mi riqueza está en lo limitado de mis necesidades, no en lo extenso de mis posesiones. Al reflexionar sobre ella, parece que sí, que razón no le falta. Pues si la felicidad se alcanza cuando se colman las expectativas, quizá no teniendo muchas sea más fácil alcanzar el objetivo. No es cuestión de tener muchas cosas si con todas ellas no se encuentra uno satisfecho. Hay quien sostiene que las personas inquietas, muy dinámicas, cambiantes,... esconden tras su aparente actividad una gran carga de inseguridad, de complejo de inferioridad, de deseo de autoafirmarse, no en lo que son sino con lo que hacen. Una justificación de su valía, en la que ellos mismos no creen, de cara a la galería, a los demás, para ganarse de ellos la estimación que uno no tiene por sí.

Era necesaria esta reflexión filosófica para introducir el tema de esta entrada. El binomio entre aspiraciones y lo que se consigue. Cada vez creo que está más en la base de las frustraciones que alimentan muchos trastornos digestivos. Del llamado síndrome de intestino irritable se ha escrito mucho. Ese padecimiento intestinal que tiene mucha gente del mundo civilizado y que curiosamente no existe en el primer mundo. Que se me hincha la tripa o que me noto distendido sólo lo refieren en las tribus primitivas después de haberse hartado a comer. Y no preguntan por qué, porque de sobra saben a qué se debe. Tampoco se agobian porque las tripas les hagan ruido, se ríen de ello porque saben que es normal. Y cuando les viene ganas de hacer deposición siempre encuentran un árbol tras el que agazaparse. Igual que nosotros. Por seguir con las comparaciones, de media dedican tres horas al día a tareas para conseguir el sustento. Pero claro, no tienen hipotecas. Pasan la mayor parte del día hablando y cuchicheando entre ellos. Y eso que no tienen programas de televisión ni liga de fútbol. ¿De qué hablarán?

Cuanto más vueltas le doy a la cuestión, más veo que existe un interés creciente en hacer que la gente piense en su salud. Se trata de que perciba cada movimiento de sus tripas, que se pregunte y hasta preocupe por ello. Hemos elaborado una lista extensa de cosas que pueden ser buenas y otras malas, listas cada vez más largas en las que de vez en cuando se intercambian elementos: lo que antes era bueno ahora es malo y viceversa. Se elogian las virtudes de alimentos o costumbres poco saludables antaño mientras que otros muy tradicionales se demonizan. Que les digan en las tribus primitivas que la leche es un veneno. Será mala... para el que le caiga mal, que de todo hay. Sano es el que aparte de sentirse sano, se cree sano. La sociedad actual nuestra busca crear pacientes y ansiedades donde no las hay, elabora recomendaciones dietéticas a millares sin más fundamento que el capricho y la moda. Y cada vez es más difícil encontrar gente que se crea sana cuanto más "documentados" están.

El próximo 1 de diciembre me han invitado a ir a un programa divulgativo que la Televisión Española emite por las mañanas y que se llama "Saber Vivir". He podido ver que suele llamar gente muy preocupada por su salud, por lo que come o deja de comer. Yo no creo que exista una vida saludable sino mil maneras de vivir saludablemente, pero en todas ellas está presente el control de la excesiva preocupación por el estado de salud. Saber vivir es algo más que saber alimentarse o cuidarse: es aprender a sacar partido a cada instante de manera que la preocupación nunca ahogue la felicidad. En el ejercicio de la medicina recuerdo con frecuencia las palabras de C.S. Lewis que decía que ninguna ayuda, ninguna labor social podía tener otro sentido que ayudar a los hombres a descubrir que vale la pena vivir, porque se dan condiciones de vida en las que ese descubrimiento es casi imposible. Y es tener tiempo para pararse a pensar, para caer en la cuenta de que eso es así.

Vergüenza aneja

No, no es una errata. En esta ocasión la vergüenza no es para otros, es para el colectivo médico que, hoy como ayer (Cfr. Lc 14, 5), no son ...