lunes, 9 de febrero de 2015

Cuestión de vida o muerte

En ocasiones hago entradas en este blog que no son de índole puramente médica en el sentido científico, sino que rozan con aspectos más filosóficos o éticos. Son de hecho las entradas menos visitadas y comentadas aunque desde mi punto de vista deberían ser las que más lectores mirasen y difundiesen. Esta es una de esas reflexiones, lo advierto.

Ahora le ha tocado el turno a Canadá. Desde allí ha saltado la noticia del derecho a decidir sobre la propia vida, al suicidio asistido, alegando que el "derecho a vivir" no se puede convertir en la "obligación de vivir". Por supuesto que no. Derechos y obligaciones se dicen que son el anverso y reverso de la misma moneda. Si tengo el derecho de trabajar o de tener un hijo, también tengo la obligación de desempeñar ese trabajo o la tarea de ser padre de manera responsable. Sin embargo, con respecto a la propia vida... ¿está al mismo nivel derecho y obligación? Desde una perspectiva liberal e individualista, cada cual hace con su vida lo que le venga en gana mientras no perjudique a los demás. Cuando los demás consideran que la vida de una persona incluso es onerosa para el colectivo, pueden consideran hasta virtuosa, solidaria y altruista la decisión de esa persona de desaparecer del planeta: ya es hora de animar a las clases pasivas para que no lastren las economías de los demás, podríamos alegar de manera entre irónica e interesada.

Pongamos por caso que el individuo que se ha cansado de su vida ni es productivo, ni es oneroso para la sociedad, digamos que su desaparición es indiferente para el resto de la comunidad. Es una decisión que depende enteramente de él ya que no afecta al resto de la sociedad, al menos en el balance económico que parece que es lo único que importa. En este punto, ciertamente, si uno no apela ni reconoce instancias superiores, podría bien hacer con su vida lo que le viniese en gana. Suicidas a lo largo de la historia siempre los ha habido y los habrá. Mientras el suicida no se lleve a otros por delante con su muerte, el mundo poco tiene que decir al respecto. No tiene argumentos para influir ni de una ni de otra manera en la decisión del individuo sobre su vida.

Las razones que tiene un individuo para mantenerse vivo, aparte de las meramente animales del puro instinto de conservación, o el temor al dolor o a la muerte (más por lo desconocido de la experiencia que por otra cosa) pueden estar más o menos arraigadas en este mundo. Son las ilusiones, el deseo de placer (no sólo el más primitivo sino el mero goce de estar con los amigos o de escuchar música), las ganas de desarrollar un proyecto o de degustar un buen postre. También el afán de ayudar a otros, a los parientes o a los hijos, el afán por medrar hacia un puesto superior o conseguir ganar dinero que nos permitan adquirir un automóvil deportivo o hacer un crucero por el mundo o montar en planeador. Si llega el momento que pensamos que estamos privados de todas ellas, que no podemos hacer nada de eso, la ilusión por vivir se desvanece. Hay quien se muere de pena, se deja morir, cuando todo lo que quería en el mundo desaparece. Cuando se cercenan las ilusiones y los proyectos, cuando no se ve un horizonte atractivo hacia el que caminar. Entonces el panorama vital se oscurece y se apaga el interés por la vida. Ni siquiera las frases carismáticas como la de Kennedy "no preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país" mueven el ánimo. Emulando aquella frase, he repetido en ocasiones a los pacientes abatidos esa sentencia paradójica: no es lo que tú puedas esperar ya de la vida, es lo que la vida todavía espera de ti. Pero nada, el que está en el foso, que si quieres arroz, Catalina.

Ante una persona desesperada, buscamos argumentos (aparte de fármacos psicotropos) para intentar que vea la vida de otro modo, razones humanas, naturales, sociales, familiares,... Pero hasta aquí. Nada más. Una persona que en el plano humano y existencial cree haberlo perdido todo se encuentra sumido en el pensamiento iterativo de que vale más muerto que vivo. Una de las frases más terribles de "Crimen y castigo": ¿se da usted cuenta exacta, señor, de lo que realmente significa no tener dónde ir...? pone en boca del protagonista su desolación, el abandono, la desesperación. Cuando un individuo llega a pensar que su existencia carece de interés para seguirla manteniendo, es terrible. En su libro "El hombre en busca de sentido" Viktor E. Frankl cita al menos en tres ocasiones el aforismo de Nietzsche: Quien tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo. Y lo comenta alegando que una de las principales causas de mortalidad entre los presos de campos de concentración fue la desesperación. Desgarrados de su mundo, anonadados, los presos que no soportaban el presente ni creían en un mejor futuro sucumbían con mayor facilidad.

En mi práctica clínica me he tenido que enfrentar varias veces, por desgracia cada vez con más frecuencia, con pacientes desesperados. Alguno me ha llamado por teléfono para decirme algo tan frío como: "Te llamo, Luis, para despedirme, voy a acabar con mi vida". Es duro considerar que la vida de aquella persona pende del hilo del teléfono y que cuando cuelgues se corta ese hilo. Quisieras prolongar la conversación de manera indefinida pero sabes que es absurdo, que la decisión está tomada, que no conseguirás que cambie de opinión y sólo puedes musitar un adiós que truena como una ráfaga.

Cada vez menos gente admite argumentos religiosos para cuidar su vida. Eso supone apelar a instancias superiores que pueden pedir cuenta de la vida: no se admite más propietario de la vida que el propio individuo. Por mis convicciones religiosas, no desaprovecho ocasión de hacer valer la vida humana en su dimensión eterna y divina. Pero reconozco que no es un argumento de peso para quien no tiene ningún tipo de creencia religiosa. Antaño la Iglesia Católica negaba entierro en camposanto a los suicidas. Se alegaba que el suicida se habría condenado puesto que su última acción había sido un pecado. Santa Teresa de Jesús, entre sus muchas locuciones divinas, tuvo una que deseo traer a colación. Se encontró que Dios le recriminaba que no rezase por el alma de uno del pueblo que se había suicidado tirándose desde un puente al río. Y la santa, según doctrina habitual, se excusaba alegando que era inútil rezar por los condenados. Cuentan que escuchó: "Teresa, entre el puente y el agua estaba yo".

La medicina pretende conservar la vida de las personas muchos años y en muy buen estado. Por eso los médicos luchamos por la vida. Como decía citando a Lewis al final de otra entrada sobre una vida saludable, hay que ayudar a las personas a descubrir que vale la pena vivir. Pese a estos esfuerzos, a veces hay gente que se obstina en acabar con su vida pero me parece obsceno que esta acción se incluya en el catálogo de prestaciones de los médicos, como un acto médico más. No creo que para administrar una inyección letal haya que estudiar medicina. Me gustaría que a mi profesión se la mantuviese al margen de las prácticas llamadas de eutanasia. Insisto en que suicidas siempre los ha habido y los habrá, pero querer que sea un médico el que te mate, como si de un acto médico más se tratase, me resulta tan pervertido e hipócrita como utilizar una aguja estéril para pinchar la vena de un condenado a muerte, no vaya a ser que contagiemos de hepatitis al que va a ser cadáver en unos minutos. ¿Qué hay detrás de la insistencia en que sea un médico el que dirija un suicidio asistido?

Autoritas versus potestas

Probablemente esta entrada de blog dure poco. Porque intentas explicar cómo utilizan los políticos y la industria farmacéutica el miedo par...