domingo, 7 de abril de 2019

Cuestión de confianza

Ingenuo. Un paciente a que además considero amigo (si es que esto es posible o ético) me ha llamado ingenuo. Yo hacía alarde de voltear las letras de la palabra y tildarme de genuino. Porque genuino es un adjetivo positivo e ingenuo suena a pardillo, incauto, que se deja engañar fácilmente.

Pero hete aquí que lo que la Real Academia de la Lengua define como ingenuo es algo sorprendente

Ingenuo: Que es sincero, candoroso y sin doblez y actúa sin tener en cuenta la posible maldad de una persona o la complejidad de una situación.

De esa definición, para mi apetencia, me sobra lo de candoroso y me molesta el final a partir de "o". Enmendada la definición en esos términos, no me parece mal que me califiquen de ingenuo, vamos, me quedo con lo subrayado. En los tiempos que corren, casi identifico ingenuo y genuino, porque con la doblez que se estila ir con la verdad por delante es iconoclasta.

A diario se viven situaciones en las que se echa en falta esa formalidad en las relaciones sociales que antes eran norma de vida. Desde saludar al entrar en una estancia y despedirse al salir de ella, los buenos modos y la formalidad: si uno decía que iba es que iba, y si no podía ir, procuraba avisar de que no iba a ir. Hoy parece que lo corriente es "la callada por respuesta", el "silencio administrativo" esa no-respuesta que denota indiferencia, frialdad, distanciamiento,... incluso desprecio.

A lo largo de mi vida he mantenido contacto con muchos miles de personas. La relación puede ser más o menos estable o duradera. Muchas veces se limita a una sola transacción de información. Pero en lo que yo recuerdo, nunca he dejado de contestar a nadie que se haya dirigido a mí, siquiera con un simple acuse de recibo. El mero hecho de no notificar que una información me ha llegado me provoca una repulsa natural. No soy ni he sido tan famoso como para que los "miles" de mensajes me impidiesen cumplir con esta elemental norma de cortesía. Y quien de ordinario hace oídos sordos a los mensajes o llamadas, está revelando mucho de su interés por las personas. Alguno dirá, y no sin razón, que en ocasiones se reciben mensajes que no interesan. Por supuesto, en esta sociedad prolifera la publicidad y los spam, pero no me estoy refiriendo evidentemente a estos mensajes. Es lamentable, que un gestor, ocupe el puesto que ocupe, no tenga la deferencia de atender a una persona que le busca para consultar una cuestión, a fortiori cuanto más personal es esa cuestión. Quizás sea porque en mi ámbito de actividad la mayor parte de los mensajes que me llegan son peticiones de ayuda para enfocar temas de salud. La salud entronca de cerca con un bien tan preciado como es la vida. Y parece que en estas cuestiones hay que tener mayor sensibilidad... Y digo yo ¿por qué?

¿Por qué en materia de salud hay que ser más "sensible" o atento con las cuitas de las personas que en otros ámbitos? Mi abogado siempre dice que porque en la medicina si no ayudas estás jugando con la vida de las personas. ¿Y un abogado o un juez, no juegan con la vida de las personas? ¿Y un taxista? ¿Y un profesor? ¿Jugar es interaccionar? ¿Acaso tiene el médico más obligación de acertar? Cada cual en su profesión tiene su cuota de mando, de poder. El médico debe estar solícito y atento a los cambios en la salud de sus pacientes y de todos aquellos que le preguntan por su opinión acerca de su enfermedad. Dejar de responder puede ser una muestra de indiferencia como puede serlo el silencio de un gerente que no contesta a una carta. Pero en el caso del médico, además, parece inhumano mientras que en el caso del gestor, es "lógico" porque está muy ocupado.

A lo largo de mi vida he podido enviar cartas, documentos, propuestas,... a diferentes personas e instituciones. Muchas veces la respuesta ha sido un simple acuse de recibo, a veces con un elegante, "muy interesante pero no estamos por ello". Pero también ha habido muchas no-respuestas, algo que me parece poco elegante. Y debo reconocer... que es la actitud que más está creciendo en nuestra sociedad, como expresión de la indiferencia hacia las personas. Evidentemente no soy el único que recibe esa frialdad: proliferan las quejas de los cincuentones que buscan trabajo y dejan sus curricula por doquier, sin obtener respuesta. ¡Qué sociedad más fría y descarnada!

Hace días que espero respuesta a un escrito, y no llega. Silencio. Al comentar mi sorpresa a los  conocidos, efectivamente algunos me calificaban como comencé esta entrada: eres muy ingenuo. Quizás es porque en mi profesión nunca he dejado caer en saco roto lo que los pacientes me han contado. Y he oído muchas, muchísimas tonterías. Hasta la fecha, me he fiado de las personas porque creo que la relación médico-paciente se basa en la confianza: sin confianza no puede haber buen resultado. En ocasiones no lo hay ni siquiera habiendo confianza porque la medicina no lo puede todo. Pero lo que nunca he hecho ha sido recelar de lo que el paciente me cuenta o desoír sus quejas. Nunca. Eso no quiere decir que en algunas ocasiones haya tenido pacientes que han abusado de esa confianza y me hayan engañado deliberadamente. Porque mucha gente entiende que en el mundo actual todo es farsa, engaño, apariencia,...y trasladan esa frivolidad a las cuestiones médicas. Es posible que haya colegas que han caído en esa trampa, que se mueven exclusivamente por temor a los imperativos legales, pero para mí las cuestiones de salud son mucho más que eso, siempre son serias. Si usted no se fía de la persona en la que deposita su vida, su salud, es preferible que cambie de persona, porque hay mucho en juego.

Educación es lo que falta. Respeto por las personas. Convencimiento de que su tiempo es cuando menos tan valioso como el de uno mismo, aunque lo hagan rentar menos en términos económicos. Más frío que un no es la indiferencia. Gracias, Fernando, por hacerme pensar si merece la pena seguir siendo ingenuo.

jueves, 4 de abril de 2019

Morirse sin saber de qué

Y de la manera más tonta, oye. Antaño, hasta era frecuente en los pueblos (también en las ciudades) que la gente se muriese sin que se supiese bien de qué se había muerto. "Pues parece que le falló el riñón, dejó de orinar...". "Echaba el hígado por la boca". "Se puso amarillo y perdió peso y se fue en tres días". O bien mucho menos dramático "Se quedó dormido en el sillón y no se levantó, debió fallarle el corazón...". Son comentarios que todos hemos oído de los antepasados nuestros que se murieron. Personalmente me los refieren a diario los pacientes a quienes hago una historia clínica y pregunto por antecedentes familiares.

Pensamos que esa ignorancia es cosa del pasado: ahora ya no puede darse eso de que uno se muera sin saber por qué. Sabemos que ante la duda, podemos tirar de una autopsia, clínica o judicial, para abrir el cadáver y ver de qué murió. En la práctica no se hacen tantas autopsias como uno cree. Las judiciales, las muertes violentas, porque han de hacerse por ley, pero en el ámbito clínico, pocas veces se solicita a los médicos que le hagan la autopsia a un familiar fallecido sin saber muy bien de qué. A pesar de los avances técnicos de la medicina... sorpréndase: mucha gente se nos muere sin saber por qué o de qué. Los más mosqueados empiezan a ser esos que recelan de que los certificados de defunción que expedimos los médicos pongan como causa de muerte "parada cardiorespiratoria": es evidente que el que muere deja de respirar y el corazón le deja de latir... aunque hay cadáveres con respiración asistida y función cardiaca vigente, situaciones que se mantienen en ocasiones por ver si el finado es objeto de donación de órganos, habiendo constatación de la muerte cerebral, irreversible. Con parada cardiorrespiratoria se muere todo el mundo. De parada cardiorrespiratoria... no todos.

Hablar de la muerte no suele ser agradable. En algunos ambientes hasta es de mal gusto. Pero es un runrún que todos los vivos llevamos tras la oreja, sobre todo cuando vemos que conocidos y coetáneos van siendo protagonistas en los velatorios. Pensamos que la muerte "avisa" mostrando previamente algunas alteraciones en los análisis y pruebas diagnósticas que hacemos los médicos. Pero sabemos de gente que se murió con unos análisis impecables. Así que ante cualquier signo de mal funcionamiento en el cuerpo, buscamos hacernos pruebas en busca de algo que debamos remediar lo antes posible para retrasar la caja de pino. Este es el negocio del siglo XXI en el ámbito de la medicina: la exacerbación de la prevención y el fomento de la hipocondria. Como lo más preciado que tenemos es la vida, se trata de prolongarla hasta el infinito y más allá. El otro día un compañero biólogo me mandaba la foto de un libro recién salido que lleva un título atractivo "La muerte de la muerte". No lo he leído pero creo que analiza desde un punto de vista de la biología la posibilidad de prolongar la vida indefinidamente. A mí como médico, me resulta un poco indiferente: en nuestro negociado lo importante es tener "material" sobre el que trabajar y se sospecha que cuanto más añoso esté un cuerpo, más achaques ha de tener, más pasto para la medicina (perdón por la cruda ironía).

Es cierto que el desarrollo tecnológico permite solucionar muchos problemas de salud que antes eran letales, o anticiparse en la resolución de problemas médicos. O por lo menos, gracias a todos estos avances "lo vemos venir" aunque nuestros recursos para curar o reparar el mal sean limitados. Más o menos limitados pero cada vez, eso sí, más costosos. Ahí es donde está el negocio.

A pesar de estos avances, no se crea usted que siempre sabemos de qué se nos muere un paciente. Evitando términos vagos en imprecisos ("tenía un pinfostio por ahí dentro..."), empleamos otros acaso más finos pero que igualmente muestran nuestra ignorancia: fue un fallo multisistémico por sepsis de origen no filiado, se piensa que fue un coágulo que se le fue a los pulmones, acaso una arritmia que no revertió a la cardioversión eléctrica, seguramente se le rompió un aneurisma en el polígono de Willis por una subida de tensión,...

No sé si es mayor el miedo a la muerte o a morirse sin saber de qué, de la manera más tonta. Ante la proliferación de casos de gente que se mira mucho e igualmente se muere, comenzamos a recelar de los médicos, la medicina y la capacidad preventiva o diagnóstica. Que me hagan un análisis de todo, un escáner de cabeza hasta los pies, una resonancia de todo el cuerpo,... Los problemas médicos que aquejan a los pacientes se exacerban en aquellos que tras numerosas pruebas... no tienen nada. O no sale nada en las pruebas. Y ahí estamos: incrementando la ansiedad de los pacientes con todos los procedimientos diagnósticos a nuestro alcance, no se nos escape algo. Que sí, colegas míos de la medicina, que sí: que al final se nos escapa algo. Por muy bien que hagamos las cosas, incluso ajustándonos a derecho para evitar las demandas judiciales, al final el paciente se nos muere. Se muere más o menos sano, pero se muere. Siempre perdemos la batalla final.

Hay pacientes que se nos mueren sin que sepamos a ciencia cierta de qué se han muerto. Yo he visto a algunos morirse de angustia, de pena, de tristeza,... eso no salía en los análisis. Mucha gente vive apenada, entristecida, derrumbada,... siente que si se muere sale ganando. Y se muere por dejadez, por tirar la toalla. Venimos al mundo sin pelo, sin dientes y sin ilusiones.... y algunos se van del mundo sin pelo, sin dientes y sin ilusiones. Cuando los médicos constatamos que las diferentes pruebas son normales a la vez que el paciente se va apagando, comprobamos que la ilusión de vivir no se refleja en las pruebas diagnósticas, va por otra vía. A menudo el paciente o sus familiares pensaran que "algo se nos escapa" al juicio diagnóstico. Lo que se nos escapa es la vida. No obstante, miremos las cosas con optimismo: aunque algún día hemos de morir, el resto de los días no.

Secuelas del confinamiento en la salud

Empezamos a salir de las casas después de estar confinados, recluidos. Estamos anquilosados, entumecidos, como los osos tras la hibernación...